|
[Inicio]
Trance Submarino
Despues de la experiencia musical de Simbiosis y el bosque
lluvioso, Manuel Obregón inica un trabajo experimental
con su relación con el mar, así graba varios
discos como Génesis y la Isla de la Pasión con
este tema marino.
Así, en el agosto del 2003 , las notas del piano de
Manuel Obregón se unieron a los sonidos y ambientes
electrónicos del grupo costarricense Sónica
(Alejandro Acuña y Marco Morales) y a las inéditas
y vibrantes imágenes submarinas de Steven Weston, filmadas
con el impecable sonido de Nano Fernández en esa Atlántida
desconocida que es la Isla del Coco.
El resultado de esta fusión fue una experiencia maravillosa,
cargada de múltiples sensaciones llevo a Manuel a investigar
mas sobre el tema, hasta conseguir ver las imágenes
adecuadas para el trance, del camarógrafo español
Simón Bolívar: celeste, azul profundo,
verde jade y esmeralda... Todo en movimiento. En el silencio
reverencial de las profundidades, irrumpen de pronto las burbujas
del buzo-camarógrafo. Las imágenes danzan como
mecidas por las olas: una enorme tortuga desova en la playa;
sus vástagos corren en un intento desesperado por alcanzar
al mar. Silencio, tranquilidad, belleza, paz en movimiento:
la vida marina como una danza multitudinaria y armoniosa dentro
del océano.
Así inician ambos en el 2005 un intercambio de música
e imágenes, además de buceos experimentales
y sonidos submarinos, así como diferentes presentaciones
experimentales en público.
Una tortuga marina será nuestro guía en este
trance submarino. Las medusas bailan con trajes de terciopelo,
sabiéndose hermosas. Un pecesito gris, diminuto, las
observa curioso. Como un enorme cetáceo multicolor,
surge un arrecife tropical repleto de cardúmenes dignos
de la paleta de Pablo Picasso: todos los colores y todas las
texturas convergen aquí. Las imágenes nos descubren
un mundo de abrumadora belleza, tranquilidad, y paz.
El piano de Manuel Obregón se sumerge despacio, con
respeto, en este mundo maravilloso. Arrulladas por él,
las mantarayas –enormes algunas–, danzan suavecito.
Sin estorbarse, comparten el entorno con los tiburones y con
mil criaturas más. Asistimos al hermoso ritual de las
tortugas pariendo en la playa. Otra tortuga, con el caparazón
color coral, continúa guiándonos en este trance
submarino.
Cuando aparece la mano del Hombre, el mundo submarino convulsiona.
Pescadores contratados por empresas transnacionales arrancan
las aletas a cientos de tiburones en nuestros mares, abandonándolos
a una espantosa agonía, para luego ir a morir, destrozados,
al fondo del mar.
De golpe, brutalmente, termina la magia. Un nudo nos crece
en la garganta al presenciar esta matanza cruel y acompañar
esta denuncia necesaria y valiente. Sin embargo, en la playa,
una diminuta tortuga corre frenéticamente hasta alcanzar
el mar. Al menos hay esperanza. El silencio, la tranquilidad,
el azul, el celeste, y el verde podrían perdurar. La
belleza incomparable de los mares está en nuestras
manos.
|